lunes, 26 de diciembre de 2016

Equivocaciones.

El error más grande lo cometes cuando, por temor a equivocarte, te equivocas dejando de arriesgar en el viaje hacia tus objetivos.

No se equivoca el río cuando, al encontrar una montaña en su camino, retrocede para seguir avanzando hacia el mar... Se equivoca el agua que por temor a equivocarse, se estanca y se pudre en la laguna.

No se equivoca la semilla cuando muere en el surco para hacerse planta... Se equivoca la que por no morir bajo la tierra, renuncia a la vida.

No se equivoca el hombre que ensaya por distintos caminos para alcanzar sus metas... Se equivoca aquel que por temor a equivocarse no acciona.

No se equivoca el pájaro que ensayando el primer vuelo cae al suelo... Se equivoca aquel que por temor a caerse renuncia a volar permaneciendo en el nido.

Pienso que se equivocan aquellos que no aceptan que ser hombre es buscarse a sí mismo cada día... sin encontrarse nunca plenamente.

Creo que al final del camino no te premiarán por lo que encuentres sino por aquello que hayas buscado honestamente.

FRACASAS CUANDO ELIGES NO SEGUIR PROBANDO ALTERNATIVAS.




domingo, 5 de junio de 2016

Mestizo.

Soy mestizo
mi madre copulo con un rayo
de ahí soy trueno
todo un misterio .

Mi madre tomo el universo.

Apenas soy un atrapa luz
de tu atrapa sueños
Mestizo furioso, dominante,
aunque mi piel diga lo contrario.

Yo fui aquel que quise ser
y después no quise vivir
como lo soñé.

Soy humano, me reinvente,
30 años después soy mestizo.

Soy hijo de la luz y el viento
Acuño recuerdos en los días de rocío,
mi madre me perfumo con sus caricias
soy mestizo aunque mi piel diga lo contrario.

Autor:Carlos Casagemas

miércoles, 30 de marzo de 2016

Palabras sobre la sabiduría

Un anochecer, estaba El Ermitaño, el Dulce Amado, componiendo una canción. Estaba el Más Amado sentado en un barril, donde, en más de una ocasión, se lo vio dormir. Las estrellas habían ya estallado en el cielo y hacía varios minutos que la luna estaba encendida. Era una noche hermosa. 

Recién comenzaba, pero demás podía notarse que era una noche hermosa. Las gentes del pueblo presentían que esa noche El Ermitaño, el Sabio Amado, habría de hablarles algo. Varios días hacía desde el acontecimiento de la ribera del río y de los niños, y El Ermitaño, el Muy Amado Maestro, no había vuelto a hablar o, como él decía, no había vuelto a cantar las canciones que aprendió mientras vivía en lo más espeso de los bosques que están más allá de los grandes ríos y de toda obra humana, mientras vivió en su ermita.

Por eso, es que esa noche, todos esperaban oír la voz del Ermitaño.

Al verlos, el Bien Amado dijo así:

—Hoy os quiero cantar una muy preciada canción.

Entonces, un hombre joven dijo:
—Maestro, cántanos tu canción, pero antes dinos: ¿Cómo es que eres tan sabio?

Y un adolescente le gritó:
—¡Ermitaño, mejor danos tu sabiduría, queremos ser como tú!

El Elegido, dando muestras de comprensión, volvió a decir: "Os voy a hablar de la Sabiduría". Y diciendo esto, se acomodó en el barril y dijo:

—La Sabiduría plena es inalcanzable en nuestro estado de conciencia, más su búsqueda es hermosa.

El que encuentre la Sabiduría habrá encontrado la Verdad y, con ello el Sendero de la Vida, que no es otra cosa que estadios superiores de conciencia. En nuestra vida cotidiana, todos los días conocemos y aprendemos muchas verdades, que son sólo una parte de la Vida y de la Verdad Eternas. Son sólo un pequeño saber en el Sendero de la Sabiduría. Porque la Sabiduría nos acerca a Dios y bien sabemos que la plenitud de la presencia de Dios, no es de este mundo.

Es que la Sabiduría es ascensión espiritual, es la Providencia que guía e ilumina el difícil camino de la vida. Es la canción más hermosa de todas las que existen. Es la Única Canción.

Pero, hermanos míos, la Sabiduría es intraspasable, no está permitido al sabio entregar su Sabiduría como donación, sólo puede mostrarla. El verdadero sabio sólo podrá guiar a sus discípulos para que encuentren ellos su propia Sabiduría, que es también su propio Sendero y su propia Verdad. El verdadero sabio sólo puede dar ánimo a través de su ejemplo.

Mas...¿qué Sabiduría buscar? Ciertamente aquella que nos está dada de acuerdo a nuestro desarrollo evolutivo como seres humanos, aquella que nos haga comprender nuestro rol en el mundo. Debemos buscar la Sabiduría de la Humanidad, la Sabiduría del ser humano en relación con el universo. 

Debemos, antes que todo, creer en el Hombre, sólo así se puede creer verdaderamente en Dios. Eso es lo que nos pide el Creador. Porque nuestra Sabiduría debe iluminar el camino de nuestros hermanos y así nosotros, ciertamente, seremos iluminados por quienes nos preceden. Así es el renacer de la fe en la vida, es el amanecer de la humanidad.

Antes os dije que la Sabiduría sólo sirve en el amanecer y esto es porque la Sabiduría debe ser usada como vehículo de superación espiritual. Y por eso os pregunto ¿Qué superación puede haber en el ocaso? Falsa superación, así llamo yo a las superaciones de los predicadores del ocaso.

Así dijo El Ermitaño, el Noble Sabio, y preparó su cuerpo para dormir.

En tanto, todos lo dejaron, tras haber oído sus palabras, pero no lograron comprenderlas del todo. Sólo fueron capaces de percibir que eran hermosas.

Ya estaba bien entrada la noche.

lunes, 28 de marzo de 2016

A colar.


Se oye un grito, un gemido,
un himno en construcción
con estrofas de grava y de cemento,
con versos de arena,
cuartetos de varilla corrugada,
bajo el ritmo sonoro de las palas,
una tras otra...
las hila el poeta
que mide su gran obra con flexómetro
Y la termina con una metáfora de yeso.

El andamio es un amigo,
la plomada su guía,
con cuchara y un block
ha hecho una oda,
con martillo algo más que una sonata.

He olvidado referirme al poeta,
que construye su obra silencioso,
ese poeta no tiene sindicato,
ni bufete, ni universidad que lo defienda,
(más que la vida,
si es que se le puede llamar Universidad.).

Lo anterior no tiene,
pero tiene algo peor, casi monstruoso,
algo que ha diario lo aplasta, lo aniquila,
lé extrae sus recursos;
y lo están acabando...
¿Quién? Es mi pregunta;
los patrones...
es mi triste y sepulcra respuesta.

(Anónimo)

sábado, 26 de marzo de 2016

Baile de estrellas.

La mañana la sorprendió con la espalda apoyada en la cabecera de su cama, abrazando con fuerza sus piernas flexionadas. Se había pasado la noche paralizada por el miedo, bocarriba, tapada hasta las cejas; como si el estar cubierta con las mantas impidiese que la sombra que hacía bombear su terror se la llevase, le hiciese daño.

Había pasado la noche inmóvil en esa posición. Tenía sumo cuidado al respirar, evitando movimientos bruscos y ruidos excesivos. Tan sólo era incontrolado el movimiento de sus ojos, vigilantes en todo momento, cuando oía algún sonido.

La luz de la mañana parecía haberla tranquilizado. Pero en su mente seguía grabada la noche, la oscuridad, el miedo inseparable que la acompañaba, y el día avanzaba irremediablemente hacía otro período sin luz.

Lo más sencillo era pensar que se estaba volviendo loca, al menos si se convencía de ello supondría que lo ocurrido era producto de su
imaginación, y lo creado por la mente no podría hacerle daño. Sin embargo era difícil creer que estaba loca cuando todo había resultado tan real, demasiado real para haber sido creado por su mente.

La escena se sucedía una y otra vez en su cabeza, pero a pesar de que todo encajaba, de que parecía recordarlo por completo, tenía la sensación de que había algo más, algo que tenía enterrado en el subconsciente o que alguien había borrado de su vida. Algo que a pesar de los esfuerzos de ese ente desconocido por ocultarlo había sucedido sin duda alguna.

Intentó recordar aquello que se escondía en su mente, pero por más esfuerzos que hizo no consiguió descubrir ni un segundo de la noche donde se le pudiese haber pasado algo por alto. Quizá esa sensación era tan sólo producto de su enferma mente.

Después de unas horas sus intentos por recordar pasaron a ser intentos por olvidar lo sucedido, intentos de dejar atrás lo que había visto. Se dispuso a tomar un relajante baño para ahogar en él los fantasmas de la noche y poder dormir un poco. Se desvistió con una lentitud que hacía que se sintiese bien.

Dejó que su cuerpo desnudo se reflejase en el espejo. Se deleito observando el tatuaje de su brazo.

Un grito invadió la casa. El terror que parecía olvidado apareció de nuevo.

En su brazo no estaba sólo el tatuaje, partiendo éste en dos, aparecía una cicatriz que nunca hasta ese día había estado hay. En ese momento comprendió que la sensación de que había algo oculto en su olvido que no lograba recordar no era producto de su imaginación. A pesar de haberse tapado, de haberse escondido debajo de las sábanas no había impedido que se la llevasen.

Fue al armario. Sacó una maleta. La llenó con lo primero que llegaba a sus manos. Metió algo de comida en una mochila y se subió a su coche.

Empezó a conducir sin rumbo fijo, sin ganas de parar. Pensaba que si seguía moviéndose jamás podrían encontrarla. El cielo se puso su vestido de lentejuelas para darle la bienvenida a la Luna. Buscó un hotel de carretera donde poder pasar la noche, ninguno le parecía lo suficientemente seguro.

Pero no podía seguir adelante, así que al final paró el motor de su coche y alquilo una habitación en el primer motel que encontró.

Se hizo con un compañero, el alcohol. Con un vaso de whisky en la mano se fue a la ventana, a empaparse de la belleza de la noche. Se podían ver muchas estrellas desde allí, muchas más que desde su casa. La Luna estaba majestuosa, perfecta, increíblemente preciosa. 

Estaba hipnotizada por el paisaje, hasta el punto de que a pesar de que sentía que algo extraño sucedía, no se dio cuenta de los cambios que se estaban produciendo hasta que fue demasiado tarde.

La Luna empezó a tomar un color extraño, un rojo pálido. Tenía su mirada fija en el pequeño astro. De repente y sin saber porque giró su cabeza hacia el lado contrario. Y ahí estaban, como salidos de la nada, varios puntos de luz, como estrellas muy muy cercanas, bailando en el cielo, partiendo de una forma inicial parecida a una flecha para mezclarse una y otra vez a una velocidad moderada que fue creciendo poco a poco. Fueron unos segundos y según aparecieron así se marcharon.

Paralizada, de pie ante la ventana, había observado de nuevo el espectáculo de la noche anterior. Otra vez el miedo la invadía y el insomnio aparecía por segunda noche consecutiva. La botella de whisky se vació demasiado rápido.

Su compañía se había acabado excesivamente pronto. Un pensamiento fugaz pasó por su mente. Levantó su manga derecha y se palpó el brazo. Ahí seguía la cicatriz, pero en es momento estaba caliente y algo parecía palpitar dentro de ella. Cogió la botella vacía y la golpeó contra la mesita. Con el trozo de cristal que quedó en su mano presionó todo lo que pudo sobre la cicatriz. Un líquido rojo fluyó de la herida y la tranquilidad la invadió. Se dejó caer sobre la cama. De su mano resbaló la botella. Se empezó a reír a carcajadas, todo eran imaginaciones suyas, incluso la cicatriz podía llevar años ahí y ella no se había dado cuenta.

Al cabo de un rato se levantó para limpiarse el corte. Fue al baño en busca de gasas, pero no tenían nada en el botiquín. Al volver su mirada se posó en la cama. Había caído algo de su sangre en las sábanas, pero la mancha que había en ellas no era roja. Volvió a mirarse la herida, ya había cicatrizado. Cogió otra vez la botella, esta vez el corte era bastante profundo. Metió sus dedos en la herida y hurgó en busca de algo. Un chillido y un gesto rápido apartando su mano de la herida fueron lo siguiente.

Miró sus dedos, en dos de ellos había unas pequeñas incisiones, como si algo la hubiese mordido. Los chupó pero no sabían a sangre, era un sabor dulce, excesivamente dulce. Intentó volver a introducir sus dedos en la herida, pero de nuevo se había cerrado. 

Cogió todas sus cosas y se metió de nuevo en el coche. El automóvil iba comiendo metros a la carretera a una velocidad endiablada. Se paró delante de una ferretería que estaba cerraba.

Después de pensarlo arrancó el coche y arremetió contra la luna del local. Se adueñó de un hacha pequeña y se largó de allí.

Llegó a un bosque. Vació otra botella de whisky en su estomago. 

Levantó el hacha y lo descargó contra su brazo. Un grito recorrió el lúgubre lugar mientras del brazo cortado salía un pequeño ser de dientes afilados dando pequeños chillidos, retorciéndose de dolor. 

Poco tiempo después aquel ser no se movía, había acabado su existencia para siempre.

Con gotas de sudor paseando por todo su cuerpo, sentada en el húmedo suelo del lugar quemó como pudo su herida para no desangrarse. La pesadilla había acabado, podía permitirse un descanso, así que se apoyó en un árbol, se limpió el sudor de su cara y se dejó vencer por el sueño.

Una luz invadió a sus ojos cerrados. El día había llegado por fin. 

Levantó sus párpados lentamente, sin prisa. Y entonces, una imagen monopolizó sus pupilas y el miedo se apoderó de ella por segunda vez esa noche. Tenía ante sí el baile de luces que había visto horas antes. Buscó la Luna con su mirada inquieta. Estaba teñida de un rojo pálido. Quería correr, irse de aquel lugar, pero su cuerpo no quería moverse. Las luces se acercaban intercambiándose posiciones una y otra vez. Volvía de nuevo la pesadilla.

El ruido de las sirenas rompía el silencio y la paz del amanecer. 

Una docena de coches de policía llegaban a aquel lugar en ese momento. De uno de ellos bajo un hombre vestido con traje. Varios agentes estaban examinando el lugar del crimen recogiendo todas las pruebas que fueran posibles. El hombre se acercó al cuerpo de la víctima. Le faltaba el brazo derecho y el izquierdo estaba atado a la vía con una cuerda a la altura de la mano. No había ninguna señal de violencia. Se fue al otro lado de la vía del tren para examinar la cabeza. Tan sólo una pequeña cicatriz en la barbilla.

Se puso de pie. Se dedicó a mirar la escena del crimen. Algo le llamó la atención. Un animal desconocido, de color amarillo muy claro, estaba cerca de la cabeza de la víctima. Un animal sin vida que podía que no tuviese nada que ver con esa muerte.

martes, 29 de diciembre de 2015

Pepe Cortés.

La noche, en esta ocasión, estaba enfada con las estrellas y la luna. Les había prohibido que se dejaran ver. Además, se había confabulado con la niebla para dibujar los paisajes con un halo misterioso y perturbador.

En una mísera vivienda, al borde de un camino vecinal, apenas sabían de la noche. La oscuridad la llevaban dentro de su vida, imposible de disipar con la pobre lámpara de gasolina, fabricada con una lata de refrescos y un trozo de tela de algodón. Sombras estáticas, ratones buscando lo inexistente, la muerte acechando, una madre con un niño en brazo y un padre con la mirada perdida en la penumbra, era el escenario perfecto para
otro tomo de “Los Miserables”.

Nadie había ayudado para comprar la medicina que necesitaban para salvar al infante. Unos, porque tenían los bolsillos llenos de pobreza y hambre y otros porque sus arcas estaban llenas de desprecio hacia el desposeído, odio a los pobres, egoísmo, crueldad, indiferencia.

Poco a poco, el demacrado rostro del padre fue cobrando vida y sus ojos se movían mientras a sus oídos llegaba el estribillo que muchos comentaban pero él nunca había escuchado. Sus labios temblaban mientras como un susurro pronunciaba “Gracias Dios mío, gracias

Se incorporó y casi de un salto llegó a la desencajada puerta. La abrió para ver en el suelo un pequeño paquete. Lo recogió y le dijo su mujer: “Manuela, el chiquillo está salvado. Llegaron las medicinas”. La mujer pudo, al fin, esbozar una sonrisa.

La noche era joven. El reloj marcaba las nueve. En el amplio portal de la hacienda de Don Cosme Milán, dos ganaderos comentaban los últimos acontecimientos del día anterior: “Dicen que Pepe Cortés asaltó en pleno día la farmacia de Cifuentes”. El interlocutor del señor Milán encendió por tercera vez su cachimba y después de lanzar una bocanada de humo, contestó: “Para mí que ese hijo de mala madre tiene que ser alguien del ejército o de la policía porque de lo contrario estuviera encarcelado.” Milán acomodando las gafas en su curva y fea nariz, replicó: “Hace como tres años me interceptó en el camino a Pozo Redondo. Se llevó todo mi dinero.

El muy degenerado me dijo que era para comprarle alimentos a un viejo. Vaya bandido mentiroso. Debe tener más plata que nosotros dos juntos”

En lo alto de la colina y teniendo de fondo la luna llena, un jinete cantaba en voz alta:
“Yo robo a cualquier hora
y lo hago con placer
Porqué es para proteger,
Al que sufre y al que llora.”

A la miserable vivienda del camino llegó el estribillo y el padre del niño sonrió. Sabía que otro infeliz había recibido la visita de Pepe Cortés. Salió al camino.

Observó que la noche tenía un halo mágico con sus estrellas brillantes como millones de ojos observando un mundo lleno de desigualdades y gente que luchan por erradicarlas.